Eugenio era un personaje casi popular.
Los hombres le miraban de reojo, y las mujeres le sonreían.
Estos países americanos, que han heredado todo lo malo de los españoles, adoran al bravucón y al Tenorio.
Cuando Aviraneta paseaba a caballo fuera de la puerta del Sur, en compañía del capitán Gavilanes, el antiguo jefe de bandidos, y con un polaco amigo suyo llamado Volkonsky, podía tener la seguridad de que la mayoría de las damas habían hablado de él.
Mi tío y yo preguntábamos a los conocidos qué se sabía de Eugenio, y uno de ellos nos contó que tenía una novia riquísima, hija de una familia criolla, muy entonada y orgullosa, los Miranda, y que iba por la noche a hablar con la muchacha.
¿Serían éstos los planes de Aviraneta?, nos preguntamos mi tío y yo. ¿Querría llegar a la fortuna, haciendo una buena boda?
No lo creíamos.
De pronto se comenzó a hablar de una expedición misteriosa, para buscar minas, que iban a hacer Volkonsky el polaco y Aviraneta.
Efectivamente: partieron para su expedición, y al cabo de tres o cuatro meses, cuando ya creíamos que se habían perdido o que estarían prisioneros de los indios, volvieron a Veracruz diciendo que habían encontrado riquísimas minas de plata.