Se habló de que el filón descubierto por ellos era abundantísimo; de que iban a formar una Sociedad por acciones; de que habían encontrado dinero. De lo que no se hablaba ya era de los amores de Aviraneta.
—¿Y la novia?—preguntaba mi tío, que era muy curioso—. ¿Qué ha hecho Eugenio de la novia?
—Ahora parece que la novia es la mina de plata—le contestaba yo.
Desde aquella expedición minera, las calaveradas de Aviraneta concluyeron; ya no se le veía en ninguna parte. Por lo que decían, se pasaba la vida en casa trabajando, escribiendo cartas, y de quince en quince días marchaba a Puebla, pues era la ciudad más próxima a la zona minera encontrada por el polaco y por Aviraneta.
Un día que estábamos en el almacén se nos presentó don Luis Miranda, el padre de la que había sido novia de Aviraneta.
Bajó de su coche y entró en casa.
Venía a vernos a mi tío o a mí. Le hice pasar a mi despacho, llamé a mi tío y hablamos.
Don Luis nos dijo que nuestro pariente, Eugenio de Aviraneta, después de estar en relaciones con su hija, a pesar de ser un hombre de fortuna y de calidad inferior a la suya, había dejado de aparecer por su casa, a la vuelta de una excursión al Orizaba en busca de minas. Esto creía él que era una informalidad o una tontería; pero, fuese lo que fuese, no se hallaba dispuesto a tolerarla.
—Yo necesito una explicación—terminó diciendo don Luis—. El buen nombre de mi hija no puede estar en manos de un aventurero o de un calavera. Ustedes, que son parientes de Aviraneta, hagan ustedes el favor de hablarle.
Yo le hubiera contestado a aquel señor del mismo modo que nos había hablado él; pero mi tío veía en todo el negocio, y contestó amablemente diciendo que don Luis tenía razón, que hablaría a Eugenio y que le convencería de lo incorrecto de su conducta.