El señor Miranda se fué arrogantemente, como si él fuera un príncipe y nosotros unos pobres tenderos.
Era don Luis Miranda un criollo, hijo de un español y de una mestiza.
En estos países americanos, que se las echan de demócratas, la cuestión de sangre tiene una importancia capital; un lejano ascendiente de color entre cierta clase de personas es una deshonra. Sentirse mestizo allí es una inferioridad; de esto proviene el fondo de odio inextinguible del americano contra el español.
El americano, hijo de España y nacido en América, odia al país de donde procede y desdeña interiormente aquel donde ha nacido. Le pasa como al mulato hijo de blanco y de esclava, que odia al padre y desprecia a la madre.
Don Luis Miranda odiaba a los españoles de una manera furiosa. Se atribuía a él la frase de que si se hubiera podido sacar la sangre española de sus venas a puñaladas, lo hubiera hecho con gusto.
En casi todos los criollos, más en los ricos que en los pobres, existía, y existirá seguramente, el espíritu filibustero, que no cesó con la independencia, ni cesará nunca, hasta que las Américas españolas sean conquistadas por los yanquis.
Los criollos fingían burlarse de nosotros, y nos llamaban gachupines, chapetones, patones, porque decían que teníamos los pies grandes, como es natural en gente acostumbrada a andar y a trabajar; pero debajo de estas burlas aparecía la verdad, y ésta era que nos odiaban y nos envidiaban.
Don Luis Miranda era el jefe del partido antiespañol de Veracruz. Tenía casa de banca importante, mucho dinero y una enorme hacienda a diez o doce leguas de la ciudad.
Don Luis estaba casado con una cubana muy guapa, de la que decían también que tenía algo de sangre negra.
Los dos hijos de don Luis, don Fernando y Coral, eran tipos del criollo puro. Don Fernando, el hermano mayor, era alto, delgado, de tez mate, el pelo muy negro y muy lacio, las manos y los pies muy pequeños.