Don Fernando se parecía a su padre en la figura y en las inclinaciones. Era orgulloso, altivo, con gustos de aristócrata, y sentía el mismo odio frenético por los españoles.

Eso de que allí lejos, en España, hubiera condes y marqueses de verdad, sin mezcla de indios y de negros en su ascendencia, le producía una gran desesperación.

Coral, la hija menor, era una mujer soberbia. Tenía la piel blanca y muy mate, el pelo rizado, los ojos azules, claros, ardientes; la boca, muy roja, y las manos y los pies, pequeñísimos. Vestía casi siempre de negro, trajes de seda, e iba llena de joyas.

Algunas veces, muy pocas, se la veía en coche. A pie no andaba nunca.


III
LAS RAZONES DE AVIRANETA

Llamamos a Eugenio a casa, y mi tío comenzó a sermonearle. Le dijo que le parecía muy mal su conducta con la señorita de Miranda, una muchacha de familia tan distinguida. No tenía más remedio que volver de su acuerdo. Iba a creer todo el mundo que había pretendido a aquella señorita cuando estaba sin un cuarto y que desde el momento que había encontrado algún dinero no quería nada con ella.

Aviraneta escuchó las reflexiones nuestras y contestó que había reñido con la chica y que le molestaba la familia, que constantemente y con cualquier motivo estaba hablando mal de los españoles.