Este odio le irritaba.

—Sí; pero tú debes dar una satisfacción a los padres.

—¿Por qué?

—Porque has comprometido a esa muchacha de una familia tan respetable.

Para mi tío, toda familia rica era necesariamente respetable.

—Yo no veo que la haya comprometido—replicó Eugenio—. La he galanteado, he ido a hablar algunas noches con ella, y nada más.

—Pero tú la has dejado..., y no tienes motivos para dejarla.

—Sí tengo motivos. ¡Ya lo creo!

—¿Pues?