—Nada, que la niña ha tenido ya unos cuantos amantes antes de hablar conmigo.
—¿Amantes?... Quieres decir novios.
—No, no, amantes—replicó con indiferencia Aviraneta.
—¿De manera que la hija de don Luis Miranda?...
—La hija de don Luis Miranda es una Mesalina criolla.
Mi tío no sabía quién era Mesalina; pero por el tono comprendió que la acusación de Eugenio se agravaba.
—¿Y tú cómo has averiguado eso?
—Usted sabe que yo he andado hecho un perdido en Veracruz. Tenía mi objeto. Quería orientarme, conocer la vida de aquí... Entre mis amigos estaba Ladislao Volkonsky, ese polaco que fué el primero que cogió la pista de estas minas próximas a Puebla. Nos hicimos amigos Volkonsky y yo, y decidimos encontrar un capital, ir a ese punto y ver las minas.
Formamos nuestra caravana y nos pusimos en camino. Hombres que llevan doce o catorce días de marcha juntos no tienen más remedio que hacerse amigos o enemigos. Nosotros nos hicimos amigos. Yo le hablé de mis correrías con el Cura Merino y de mis conspiraciones; él, de Waterloo, donde había estado, y de su campaña con Mina el mozo.
Yo le conté que tenía relaciones con Coral, la hija de Miranda, y él me escuchó sin decir nada.