—No; el muerto era un desconocido, y a nadie le interesaba averiguar lo que había pasado.

—¿Y Coral, la hija de Miranda?

—No se supo su paradero—contestó Alzate—. No volvió a Veracruz. Unos dijeron que estaba en Nueva Orleán; otros, que en la Habana...

—¡Qué barbaridad!—exclamé yo—. ¡Qué Justicia!

—¡Cosas de la vida!—dijo don Rafael Baroja frotándose las manos.

Alzate se levantó, sacó del bolsillo del chaleco un reloj de plata, grande y pesado, y, acercándose al yerno, que le miraba en silencio, le dijo:

—¡Vamos, tú, que ya es tarde!

Y el viejo Alzate y su yerno salieron de la botica, montaron en el carricoche y marcharon rápidamente a tomar el camino de Irún.

Madrid, marzo, 1914.

FIN DE LOS CAMINOS DEL MUNDO