Siempre me han desagradado estas personas sarcásticas que nada respetan, que atacan con sus ironías lo más sagrado de la vida, sin pensar que, aunque el bufón arrastre por el lodo la piel del armiño, será ésta el símbolo de la pureza y de la blancura.

Madama de Montrever, al oírme, se reía a carcajadas y me abrumaba con sus burlas.

—Mi querido Arteaga, siempre tan caballeresco—exclamaba.

Un día que la encontré sola, Gilberta me contó su vida, me habló con tristeza de su infancia, de sus amores con un joven, amores que había contrariado la familia, y de su matrimonio de conveniencia con Montrever. Nunca la había visto tan triste, tan melancólica. Entonces comprendí que su ironía era en el fondo amargura que le brotaba del alma, amargura que no había podido borrar el tener dos niños tan hermosos y el llevar una existencia fácil y rica.

Una semana después, una tarde de junio, de calor, en que monsieur de Montrever y sus hijos habían ido a una finca próxima, después de un largo paseo a caballo, tuvimos una cena íntima en un pequeño gabinete Gilberta, Corina, Ribero y yo. Las dos damas estuvieron muy serias al principio.

Nuestra madama Stael defendió que una mujer puede tener la honorabilidad en los mismos asuntos que el hombre, y que si la Naturaleza le hace obedecer a sus deseos de amor, no por eso deja de ser una persona honrada.

Yo me permití llevarle la contraria y decirle que no, que el honor de una mujer está únicamente en su honestidad, en su virtud, en obedecer a sus padres, y si está casada, a su esposo...

Madama de Montrever me miraba con tan marcada ironía que me desconcertó.

—¿Por qué me mira usted así, Gilberta?—le dije—. ¿No cree usted lo que digo?

—Gilberta, como yo—replicó Corina—, cree que eso que dice usted es un poco vieux jeu. Estaría bien en un libro de Fenelón.