—No; en este momento no quiero pensar en nada—contestó madama Montrever.

Corina, aficionada como era a las disertaciones, se puso a filosofar acerca del amor, sentimiento del cual tenía una idea muy materialista y muy sensual, que a mí, a pesar de ser hombre, me disgustaba.

Al levantarse de la mesa Corina, madama de Montrever la cogió por la cintura y la sentó en sus rodillas.

—A mí me gusta ver así cerca a una mujer hermosa—dijo madama de Montrever—, y acariciarla y mirarla.

—Pues a mí me gustaría más estar en las rodillas de un muchacho—dijo Corina tranquilamente.

—¡Ah, pícara! ¡Ingrata!

—¡Qué quieres, mi querida Gilberta!—replicó la alemana—. Soy más natural que tú, más primitiva.

A los postres las dos damas, después de haber bebido una copa de champagne, nos pidieron un cigarrillo y se pusieron a fumarlo.

Madama de Montrever lo tiró pronto, con disgusto; abrió la ventana y se puso a respirar el aire frío de la noche. Corina hizo lo mismo, y vi que el brazo de mi amigo Ribero pasaba alrededor del talle de la alemana.

—¡Cuánta vida! ¡Cuánto esfuerzo misterioso de todos los seres hay en una noche como ésta!—exclamó madama de Montrever—. Las plantas, los gusanos, las hormigas... Me da como el vértigo pensarlo.