—Es la Naturaleza—dijo Corina.
—Es la obra de Dios—repuse yo.
—En el fondo es lo mismo—replicó la alemana.
—¡Cómo lo mismo!—pregunté yo.
—Sí; Dios es para los niños y para los pobres de espíritu lo que es la Naturaleza para los filósofos.
—¿Y es Dios o es la Naturaleza el que ha dicho: amaos los unos a los otros?—preguntó Ribero—. Yo creo que, sea uno u otra, el precepto es digno de ser seguido.
Yo iba a protestar de su irreverencia, cuando madama de Montrever me dijo:
—Calle usted.
—¿Qué hay?
—Esa estrella que ha pasado. Dicen que si uno pide algo en ese momento se le concede.