Al entrar en este pueblo empezaba a ser de día; la gente estaba ya levantada, y al ruido de los caballos y del coche salían todos a las puertas, creyendo que entraba el enemigo.

Atravesamos la aldea entre la expectación pública, y dejando el camino real del Franco-Condado, tomamos otro a la izquierda, más pequeño y de menos tránsito.

Pasamos por Bay y Dameray, pueblecitos pequeños que estaban cubiertos de nieve, y seguimos adelante.

Preguntamos a los campesinos que encontramos si se sabía por dónde venían los aliados. Cuando nos decían que estaban a diez o doce leguas aparentábamos gran temor.

A las nueve y media llegamos a Sermesse y nos detuvimos en una posada para tomar un bocado.

El posadero, un buen hombre grueso y rojo, hablaba a gritos. Se manifestaba indignado de la insolencia de los austriacos. Cualquiera hubiese dicho al oírle que la guerra era una cuestión de etiqueta.

Nos trajeron un buen almuerzo, y Eugenio comió y trincó de lo lindo. Yo estaba avergonzado con mi disfraz.

—La pobre señorita no tiene apetito—dijo varias veces el posadero.

Aviraneta, con la boca llena, me decía: