—Te advierto, hija mía, que los pollos de este país tienen fama.

Mientras estábamos comiendo, se presentó un caballero, que pidió también de almorzar, y se puso a mirarme con aire de impertinencia. Luego comenzó a preguntar a Aviraneta noticias de Lyón.

Me figuré que debía ser algún empleado del Gobierno. Efectivamente; supimos que era el subprefecto del Dôle, que se retiraba a Chalon porque los aliados se acercaban y no quería llevar las cuestiones de etiqueta hasta aguardarlos en su subprefectura.

A las diez y media, y con mucha calma, ordenamos al cochero que preparase los caballos.

Aviraneta me dijo que ya se había supuesto en Sermesse que yo era una heredera rica y él un jesuíta.

Al pasar por un pueblecito llamado Frontenard oí dar las doce en el reloj de la parroquia, y recordé que en aquel momento se habrían enterado en el depósito de que yo faltaba. Probablemente, con las inquietudes naturales de la invasión, no se preocuparían en buscarme.

A las tres de la tarde cruzamos por Pierre, pueblo próximo a Bellevue.

Ibamos avanzando, cuando oímos detrás de nosotros el ruido de unos caballos que venían al galope. Alarmados, volvimos la cabeza. Eran cuatro caballos montados por criados de una finca inmediata que, sin duda, los habían sacado a pasear.

Poco después encontramos un grupo de aldeanos con cargas de leña en la cabeza. Les preguntamos si sabían dónde estaban los enemigos, y respondieron que habían oído decir que en Lons-le-Saunier. Como Lons está próximamente a seis leguas de aquel lugar, suponían que pronto los tendrían en los alrededores, y se disponían a hacer provisiones.