III
EN BELLEVUE

El cochero, al oír estas noticias, comenzó a dar muestras de intranquilidad, y preguntó a Aviraneta si no temía encontrarse con los aliados. Aviraneta se hizo el asustadizo, y luego agregó que, como los austriacos, si veían el vehículo lo decomisarían, era mejor que el cochero nos llevara a las puertas de Bellevue y después se volviera adonde quisiera.

Efectivamente: al acercarse a las primeras casas del pueblo el coche se detuvo; bajamos Aviraneta y yo, y el cochero se volvió rápidamente, fustigando a los caballos.

Al vernos solos, yo me quité rápidamente el traje de mujer y lo tiré entre unas matas.

—Ahora, vamos—dije.

—El caso es—murmuró Eugenio—que yo no he dicho en Bellevue que sea cura. Tendrás que vestirte tú de abate.

Me repugnaba este disfraz irrespetuoso, pero no tuve más remedio que acceder. Eugenio me dió la sotana y el sombrero y él se quedó de paisano.

En esta disposición avanzamos hacia Bellevue y entramos en una posada donde anteriormente había tomado cuarto Aviraneta.

Aviraneta dijo en la casa que el cochero nos había hecho traición; que al oír decir que los aliados estaban en el pueblo, se detuvo asustado y nos obligó a bajarnos del coche.