La dueña de la casa, madama Fleury, se indignó contra el cinismo de los cocheros. Yo, a pesar mío, tuve gran éxito como abate.

Después de comer, salimos Eugenio y yo de la posada y fuimos a la plaza, llena de aldeanos y de curiosos que hablaban y discutían. En esto vimos, en medio de la multitud, un caballo ensillado, que por sus arreos parecía de un militar. Nos acercamos y luego entramos en un café de la plaza, debajo de los arcos. El mozo, en la puerta, permanecía contemplando la gente.

Al vernos, dijo:

—¡A buen tiempo vienen ustedes!

—¿Pues qué hay?

—Que ya está ahí un oficial austriaco.

—¿De veras?

—Sí; parece que acaba de llegar para preparar las raciones a un destacamento que va a venir esta noche. Ese caballo que está ahí es el suyo.

Yo estaba dispuesto a buscar al militar y hablarle, pero Aviraneta decía que no, que no debíamos acercarnos a la canalla austriaca.

Hacía un momento que habíamos entrado en el café cuando se oyó un gran barullo en la plaza. Salimos apresuradamente a los arcos.