—¿Qué pasa?—preguntamos.

—¡Los austriacos! ¡Los austriacos!—gritaba la gente—. ¡Ya están aquí! ¡Que vienen!

Fué una desbandada general; todo el mundo echó a correr; las puertas y ventanas se cerraron de golpe, se metieron los caballos en los patios y en las cuadras. El mozo cerró el café y quedamos nosotros dentro... Pasaron unos minutos de silencio... El galope de los caballos de los kaiserlicks no se oía por ninguna parte.

—No es nada—dijo Aviraneta al mozo—. Es el miedo que se comunica. Nos asomamos a los arcos. Efectivamente, no venía nadie.

Poco después se abrió de nuevo una ventana; luego, un postigo; un vecino cambió unas cuantas palabras con otro; uno más osado se asomó al portal, y transcurrido un instante salieron todos a la plaza riéndose del pánico producido por la falsa alarma.

Volvimos a la posada, entramos en el comedor y saludamos a los amos de la casa.

Estábamos hablando con ellos cuando entró el oficial que habían tomado en el pueblo por austriaco. Era un militar francés que se retiraba y, al pasar por allí, se había detenido para ver a sus padres.

Este militar dijo que los aliados estaban a una legua de Lons-le-Saunier.

Cenamos, y acabada la cena me despedí del ama de la casa, que quiso que me acostase temprano, pues decía necesitaba descansar de la fatiga del día.

Aviraneta compró dos caballos y alquiló un guía práctico en aquellos contornos. Estuvimos en Bellevue día y medio, y al segundo, a las cuatro de la mañana, vino a llamarme Eugenio a mi cuarto. Dijo que no convenía nos viesen salir los vecinos del pueblo, pues podían entrar en sospechas. Me vestí a tientas, no queriendo encender luz por no despertar a nadie, y sin hacer ruido, salí a la calle.