En tan importante anécdota estaban condensados todos mis conocimientos acerca de Calvino.
Al ir a despedirme de la familia de Cordier se presentó un señor suizo, casado con una inglesa. Este matrimonio, que vivía en una villa del lago Leman, conocía a madama Stael y a lord Byron.
Hablaron de ellos, y luego, del vizconde de Chateaubriand y de la literatura de la época.
Pasamos la velada agradablemente en casa de los calvinistas.
¡Qué sorpresa hubiera tenido mi tía, si viviera, al saber que yo había encontrado amables y buenas personas a los discípulos de aquel hereje, a quien habían tenido que poner en la mesa sal, cal y vino para que se marchara!
Al salir del hotel de monsieur Cordier y llegar a casa, me encontré con una escena desagradable.
Eugenio y Ganisch gritaban y se insultaban ferozmente. Por lo que dijeron, habían dado varias vueltas por el pueblo; luego se embarcaron en el lago, donde estuvieron a punto de zozobrar, y acabaron por reñir.