Al llegar a Ginebra, un oficial austriaco nos pidió los pasaportes, y al leer el mío me abrazó y me dió dos besos en la mejilla y en la boca.
Yo, avergonzado, no sabía qué hacer, ni qué decir.
—Te ha tomado por alguna chica disfrazada—me dijo irónicamente Aviraneta.
—Si me besa a mí así..., lo mato—exclamó el bruto de Ganisch.
Fuimos a la posada del Escudo de Ginebra, y al ir a recoger nuestros pasaportes, el comandante de la plaza me dió boleta para ser alojado en una casa de la Treille, que tenía un mirador a este paseo.
La casa era de un señor Cordier. Fuí a saludarle, y me lo encontré rodeado de una familia muy simpática. A pesar de esto, tenían todos un aspecto algo extraño y sombrío; aspecto que yo me expliqué cuando supe, tras de una hora de charla, que todos ellos pertenecían a la secta calvinista.
Realmente, yo no recordaba qué eran los calvinistas, ni quién era Calvino. Sin embargo, tenía alguna idea, e insistiendo en ella vine a dar en la fuente de mis conocimientos acerca de Calvino.
Todos ellos databan de una tía mía muy vieja. Esta señora me contaba que Calvino era un hereje muy malo y muy soberbio; un día le invitaron a un banquete, y un vecino de la mesa le puso en el mantel un poco de sal, otro poco de cal y una copa de vino.
Al acercarse a la mesa el soberbio hereje vió sal, cal y vino: Sal Calvino; y, furioso, se marchó.
Como ni mi tía ni yo sabíamos de qué país era Calvino, ni qué lengua hablaba, dábamos como seguro que entendió la alusión de la mesa.