Rendida Zaragoza, salí prisionero el mismo día de la entrega con la columna de jefes, oficiales y tropa.

Poco después nos dividieron en destacamentos y enviaron éstos a diferentes puntos.

Yo fuí con un grupo de oficiales dirigido a Pamplona, y después de un viaje penosísimo de muchos días, fatigado y enfermo, pude llegar a la ciudad navarra.

Prisionero, hambriento, maltratado por la barbarie del invasor, no es de extrañar que el estado de mi espíritu fuera triste y decaído.

Escribí desde allá a mi madre; y ésta, que tenía muy buenas relaciones en Pamplona, avisó a varias personas distinguidas para que vinieran a verme. Gracias a sus atenciones pude recuperar la salud; si no, la desesperación y la melancolía hubieran acabado conmigo.

Al reponerse mis fuerzas fuí a visitar a varias familias aristocráticas, a darles las gracias por sus cuidados, y en una de estas nobles casas conocí a Mercedes Rodríguez de la Piscina, a la que hoy es mi mujer.

Mercedes era una muchacha ideal, amable, sonriente, dulce, tímida. Nuestras almas se comprendieron al momento, y en la primera mirada fuimos el uno del otro.

Habíamos entablado relaciones formales ella y yo, cuando un mes o mes y medio después de mi llegada a Pamplona, me encontré con un oficio del duque de Mahón, virrey del reino de Navarra por el Gobierno intruso de José Buonaparte.

Los demás oficiales, compañeros míos, recibieron el mismo escrito, que se nos envió a todos con la anuencia del comandante general.