En el oficio se nos inducía a firmar un papel declarando que, bajo palabra de honor, guardaríamos obediencia a Su Majestad Católica José Napoleón. Después de cumplida esta formalidad quedaríamos libres.

En el caso de no aceptar seríamos considerados como prisioneros e internados en Francia.

La perspectiva de separarme de Mercedes era para mí dolorosísima; hubo instantes en que di paso en mi alma a proyectos de egoísmo personal; pero la idea del honor se sobrepuso a conveniencias mezquinas y contesté al virrey de Navarra, duque de Mahón, con una carta enérgica, diciéndole que prefería la muerte a aceptar en mi patria la usurpación y la tiranía de un intruso.

No todos los oficiales rechazaron la propuesta, y hubo españoles indignos que la aceptaron.

Cuando comuniqué a Mercedes mi decisión, me dijo:

—No esperaba de ti otra cosa; si te llevan a Francia te esperaré toda la vida.

¡Santa y noble mujer!

Una semana después el comandante de la plaza nos llamó a los oficiales rebeldes y nos advirtió preparáramos nuestros equipajes, pues íbamos a ser internados en Francia.

Efectivamente, el siguiente día salimos de Pamplona, escoltados por una columna de infantería y caballería, y tomamos por Villava hacia Burguete.

En los días sucesivos cruzamos Roncesvalles, descansamos en Valcarlos y seguimos por San Juan de Pie del Puerto a internarnos en territorio francés. Aunque llovió mucho, el tiempo no era desapacible, y pudimos hacer el largo viaje hasta Dijón con relativa comodidad.