El emperador de Austria se paró a contemplar el desfile de tropas por el puente. Yo hice lo mismo; pasaron algunos cuerpos de la guardia imperial rusa, que es magnífica. Es una satisfacción para un militar ver tropas tan bien vestidas y gente tan igual de estatura y de tan buena presencia. Realmente, no se pueden comparar las tropas austriacas con las rusas y alemanas. Cierto que los bávaros tienen regimientos lúcidos; pero no los austriacos, cuya única fuerza bien presentada es la caballería.

Estaba presenciando el desfile cuando se acercaron Aviraneta y Ganisch. Cruzaron entre dos compañías, y un viejo aldeano que quiso también pasar fué empujado por un sargento y cayó al suelo.

—¡Lo han reventado a ese pobre hombre!—exclamó Aviraneta.

—¿Para qué habéis pasado?—pregunté yo—. ¿No veíais que venía la tropa?

—¿Y nos van a tener parados constantemente estos animales? ¡Qué brutos! ¿Por qué no habrá una peste que acabe con todos los reyes, emperadores, papas, mariscales, aristócratas, militares y demás canalla?

No quise replicar nada. Creer que se puede vivir sin reyes, sin nobles y sin militares me parece lo mismo que pensar que se puede suprimir el sol y las estrellas.

No comprendo cómo Eugenio, que es de una familia decente, defiende estas extravagancias, que no se explican mas que en los delirios monstruosos de hombres como los de la Revolución Francesa.

Fuimos a comer a la posada, y por la tarde me presenté yo a lord Aberdeen, que era un inglés guapo, todavía joven, de unos treinta años, muy estirado, quien me dirigió al enviado de España cerca del rey de Prusia, don José León García de Pizarro. Este caballero me recibió de una manera bastante incorrecta, diciéndome incontinenti que no me podía dar socorro alguno, a lo cual contesté yo con altivez que no le pedía socorro, sino que firmase mi pasaporte.

Al volver a la posada me encontré a Aviraneta hablando con un oficial español, don Rafael del Riego, que también se había escapado de Chalon-sur-Saone.

Riego y yo no comulgábamos en las mismas ideas y nos saludamos poco efusivamente. Era Riego entonces un joven moreno, bajito, de cara larga y chupada y cabeza grande para su estatura. Tenía ojos expresivos y lánguidos, la voz chillona, de un timbre muy agudo, y el pelo negro y abundante. Estaba en Francia desde que fué hecho prisionero en la batalla de Espinosa; había aprendido muy bien el francés, y era de los afiliados a lo masonería.