IX
LAS CORNETAS EN LA SELVA NEGRA

La hora señalada para la salida de la diligencia de Basilea, que debía ser las siete de la mañana, se retrasó con motivo de estar todos los caballos embargados para conducir el tren del ejército aliado hasta las seis de la tarde. Todo este tiempo estuvimos esperando a que llegaran algunos caballos a la posta.

Nos pusimos en camino ya obscuro, con un tiempo malísimo.

Afortunadamente, éramos los primeros, y Corina, Aviraneta, Riego y yo tomamos los mejores sitios.

Viajamos toda la noche, sin adelantar gran cosa.

En cada parte teníamos que detenernos cuatro o cinco horas para aguardar la llegada de caballos; luego era menester esperar a que comiesen y descansasen y a que los postillones, con su acostumbrada calma, acabasen de fumar la pipa y beber el aguardiente, que, eso sí, bebían con rapidez y como si fuera agua.

—¿Pero cuándo salimos?—les preguntaba yo, impaciente.

Ellos contestaban: ¡gleij!, ¡gleij!, que parece que quiere decir: ahora, al momento; pero el momento no llegaba nunca. Lo mismo daba que fuera Fritz, Frantz o Peter. Todos eran igualmente pesados, calmosos, de una flema desesperante. Cuanta más prisa manifestaban los viajeros, menos prisa se daban ellos, y con este motivo conseguían quemarnos la sangre. A todo decían: Ya... ya...