Luego, como los caballos estaban aspeados y cansados y había nieve, barro y grandes charcos, marchábamos a paso de tortuga.

Los caminos se iban poniendo peor que los días anteriores; en vez de nevar, llovía, y la nieve se convertía en cieno.

Antes de llegar a Friburgo de Baden atravesamos un bosque muy extenso. Se llama este bosque la Selva Negra; en alemán: Schwarz-Wald.

Uno de los viajeros contó que, al principio de la Revolución, habían matado allá a unos enviados franceses encargados de una misión por el Gobierno jacobino.

Con este motivo se habló de los ejércitos improvisados por la Revolución Francesa, y volvimos al eterno tema de nuestras discusiones sobre si era mejor la tradición o el progreso. Corina y yo defendíamos la tradición: Corina, como una idea a la moda; yo, no, por convencimiento.

—Para mí, lo más simpático en la vida es la improvisación, maniobrando en lo imprevisto—decía Aviraneta—. Prefiero un general improvisado a un general viejo; prefiero un político nuevo a uno viejo.

—Pero si no hubiera tradición en la sociedad faltaría lo más hermoso de la vida—replicaba Corina.

—Para mí, la tradición es un principio sin valor.

Riego abundaba en las mismas ideas. Los dos eran por el estilo. Sobre todo a Aviraneta le comenzaba a conocer bien.

Sus planes no eran madurados. Entreveía algo y se lanzaba en su busca, y luego lo desarrollaba según las circunstancias.