Aunque se jactaba de tener proyectos estudiados, en el fondo no los tenía, y los iba modificando a medida que los realizaba. A Riego le pasaba lo mismo.
A mí me dijeron que no podría ser nunca mas que un oficial que cumpliese. Y yo repliqué:
—En cambio, vosotros podréis ser buenos coroneles, jefes de partida; pero vuestras condiciones no valen para ser generales.
Con esta discusión llegamos a Friburgo de Baden y comimos en el hotel de la Tête d'Or, hotel de estilo francés, con un hermoso jardín.
Partimos de Friburgo, y poco después subimos una cuesta muy alta, desde donde se descubría, entre la niebla, una extensión de país inmensa, y se dominaba toda la ciudad.
Al escalar la cuesta tuvimos una verdadera función musical. Nuestro postillón, como todos los de Alemania, llevaba una corneta de posta, que tocaba de tiempo en tiempo para avisar a los carros y caballos que interrumpían el paso. Estas cornetas de posta tienen las notas afinadas con la octava baja del clarín ordinario, y su sonido es muy agradable.
Ibamos envueltos en la niebla cuando se reunieron, una detrás de otra, cuatro diligencias en fila, y los cuatro postillones comenzaron a tocar sus cornetas de una manera tan armónica, que causaba asombro. La idea de atravesar un bosque, llamado la Selva Negra, entre la bruma, oyendo aquellos aires de trompa, me producía la impresión de que íbamos a una cacería fantástica en un mundo de sueño.
Sin duda, los alemanes tienen un gran instinto musical, porque si se hubiera tratado de franceses no hubieran podido hacer los acordes tan admirablemente.
Corina y yo únicamente podíamos comprender el sentido de armonía que se necesitaba para aquello. Riego y Aviraneta se manifestaban insensibles a la música. Eran hombres de acción, a quienes únicamente gustaba el movimiento, el peligro. Se veía que para ellos no había más vida que la vida exterior: vencer las dificultades del momento y cambiar por el esfuerzo las circunstancias adversas en favorables.