Ninguno de los dos podía recrearse en la contemplación del mundo interior: para ellos, la poesía, la música, la belleza del cielo y de la naturaleza no significaban nada.

Sobre todo para Aviraneta; la única vida estribaba en hallarse metido en un infierno de dificultades, en un torbellino ciego, al cual pretendía dominar.

Esta tensión de la voluntad era en él lo principal; las ideas, en el fondo, creo que le preocupaban menos de lo que él se figuraba. Tenía la furia de hacer por hacer, y, como consecuencia lógica, la música le decía poco.


X
LAS POSADAS DEL CAMINO

Seguimos viajando toda la tarde y toda la noche, haciendo en cada posta nuestros acostumbrados altos, amén de los que hacían por su gusto los conductores de la diligencia. Estos eran indispensables. En un pueblo, un encargo; en el otro, un trago; aquí, un momento de charla con los amigos; allí, un instante para encender la pipa. Los postillones y cocheros se divertían. Nosotros, en cambio, nos aburríamos. Lo peor era que de noche no podíamos dormir. En casi todas las postas donde se renovaban caballos teníamos que aguardar algunas veces tres y cuatro horas; pero como siempre creíamos que de un instante a otro nos iban a comunicar el momento de partir, estábamos inquietos. Si nos sentábamos en la estación de diligencias al lado de la estufa, con la idea de no perder el coche, no podíamos conciliar el sueño, y si daba uno unas cabezadas, más le servían para dejarle a uno lánguido que para alivio. Unicamente Corina dormía tranquilamente, apoyada sobre el hombro de cualquiera de nosotros.

Varias veces me quejé a los conductores de las diligencias, diciéndoles que no nos indicaban el tiempo preciso que íbamos a esperar; pero me contestaban encogiéndose de hombros, dando a entender que ellos no tenían la culpa.

Yo, durante mucho tiempo, no pude descansar. La falta de sueño me tenía intranquilo y nervioso.