Las pequeñas posadas y casas de posta donde hacía alto las más veces la diligencia eran curiosas para el que no las hubiera visto, pero muy incómodas. En general, toda la gente de la casa, de miedo al frío, se reunía en la cocina o en el cuarto próximo a ella, en el cual había siempre una estufa grande encendida en medio.
El cuarto solía estar con las puertas y ventanas cerradas herméticamente.
Las estufas, por lo regular, eran de hierro y la mayor parte del tiempo estaban rojas.
Alrededor de la estufa se congregaban familia y huéspedes, y éstos, sentados o tendidos.
A la gente de la casa se la veía echada sobre un mal jergón o sobre un banco tan estrecho que no podían estar sino de lado.
Allí dormían y roncaban como si estuvieran en la mejor cama del mundo, todos revueltos, padres, hijos y yernos.
Las camas que se encontraban en algunas de estas posadas para los pasajeros eran unos cajones colocados el uno sobre el otro, a estilo de cómoda; de manera que al que le tocaba el último de arriba tenía que subir por una escalerilla para ir a buscar su cama, y los de abajo estaban con el recelo de que el cajón de encima se desfondara y viniera a caer sobre ellos en medio de la noche.
Cuando después de haber pasado algún tiempo al aire libre se entraba de pronto en estos cuartos, achicharrados por el calor de la estufa, parecía que se metía uno en un horno, pues además del terrible calor había una nube espesa del humo de las pipas de postillones y cocheros. Este calor y tufo que reinaba en habitaciones tan cerradas era muy desagradable e incómodo para el que no estaba acostumbrado.
A pesar del fuego de la estufa el suelo se veía siempre húmedo y era difícil tener los pies secos. Los que iban viniendo de fuera traían un poco de nieve pegada a los zapatos, que al derretirse iba produciendo la continua humedad del piso.