Como el cambio brusco del calor al frío se consideraba bastante peligroso, los cocheros y postillones llevaban siempre la pipa encendida y entraban y salían envueltos en nubes de humo.

Estas posadas pobres se encuentran únicamente en el camino, porque en las ciudades las hay muy buenas y muy aseadas, aunque me parecieron siempre mejores las de Francia.

Dejamos los alrededores de Friburgo; dejamos la Selva Negra; pasamos varias pequeñas aldeas, y llegamos a Offemburgo.

Tuvimos aquí el honor de que el gran duque de Wutzburg viniese a parar a la misma posada en que nosotros estábamos, que era la Casa de la Posta. El gran duque era hermano del emperador de Austria y se le parecía mucho.

No sé si Corina le conocía de antemano, pero ella fué la que nos presentó a su alteza.

El gran duque se quedó una noche y luego continuó camino para Basilea con su escolta y su acompañamiento. La llegada de este gran señor fué causa de que nosotros nos quedásemos más tiempo en Offemburgo que el que pensábamos, porque se llevó todos los caballos que había en la posta y fué preciso aguardar a que los que él había dejado descansasen.

Ganisch me contó que Eugenio y Riego eran rivales ante madama de Hauterive; que los dos se consideraban los preferidos; pero que el gran duque de Wutzburg les había ganado la partida llevándose la dama.

Advertí al criado que no me contara más torpezas, y él se encogió de hombros groseramente.