Riego preguntó al profesor qué idea tenía de los españoles, y el profesor dijo:

—Yo tengo la costumbre de no tener ideas de las cosas que no conozco.

—Está muy bien esa probidad—replicó Corina—; pero si no se tuviera opinión mas que de las cosas que se conocen muy bien, no se podrían tener mas que un número muy corto de opiniones.

—No se perdería con esto gran cosa—replicó él.

Luego dijo que en un libro de un célebre filósofo—creo que se refirió a Kant—se asegura que los turcos son gentes que lo ven todo por su lado negativo. Así, un turco que quisiera definir los países europeos, llamaría a Francia el país de la moda; a Inglaterra, el país del spleen; a España, la tierra de los antepasados...

Esta era la única opinión del joven profesor; suponía que España era país de recuerdos, de ideas antepasadas y de hombres antepasados; país que había quedado separado de la cultura general de Europa, como las aguas de una marisma quedan separadas de las aguas del mar.

Riego y Aviraneta afirmaron que no había tal; que existía el contacto entre España y el resto de Europa; que así se había podido dar en España, antes que en otra nación europea, unas Cortes como las de Cádiz, que continuaban las tradiciones de la Revolución Francesa.

A esto contestó el alemán diciendo que la Revolución Francesa no era mas que un conjunto de ideas inglesas y alemanas, vestidas a la moda clásica y desarrolladas en un ambiente de locura sanguinaria.

Aviraneta hubiera replicado con violencia, de no salir Corina al paso, invitándonos a ir al salón.