Allí, una señorita cantó un trozo del Don Juan, de Mozart. Me pareció una cosa maravillosa. Tanto me gustó, que a un joven que iba a sentarse a una clave moderna hecha en Alemania, que llaman piano forte, le dije que casi le agradecería no tocara nada, porque con el recuerdo de la canción de Mozart era feliz.

—No, no; oiga usted—dijeron todos—: va a tocar a Beethoven. Es el genio musical más grande de Europa.

Efectivamente; tocó dos sinfonías: una, llamada Pastoral, y la otra, Heroica.

El joven profesor, al ver que yo estaba entusiasmado con estas sinfonías, me dió una serie de explicaciones estéticas y filosóficas acerca del arte de Beethoven, tan claras, que yo no comprendí palabra; me habló de la cosa en sí, de lo nouménico, de lo fenomenal.

Yo le di las gracias por sus comentarios.

No tengo palabras para expresar mis impresiones. Sólo sé que aquella noche fué para mí inolvidable y que me sentí feliz y desgraciado al mismo tiempo.

Antes de cenar, nos despedimos del ama de la casa. Aviraneta y Riego discutieron en la calle acerca de la superioridad de Alemania, que afirmaban como artículo de fe los amigos de Corina. Yo iba preocupado con aquellas frases musicales extraordinarias que acababa de oír.

—¿Os habéis fijado en las sinfonías que ha tocado ese joven?—le pregunté a Eugenio.

—¡Sí, hombre, si!—contestó él—. ¡Qué cosa más pesada! Nunca me he aburrido tanto.