¡Pero qué manera de hablar! Era un chaparrón de palabras. Cuando concluía un período repetía afirmativamente: Sí... sí... sí..., como para no perder el derecho de seguir hablando.

Este hombre era judío, de origen español, y nos habló de España y de los judíos en un castellano arcaico. Decía agora por ahora, aínda por todavía, y empleaba giros muy extraños.

—Vosotros los cristianos de Castilla—exclamó gesticulando—creéis que nosotros os guardamos rencor porque quemasteis a nuestros remotos, y debíamos guardarlo; pero, no, no tenemos odio. No; nosotros amamos a España; ése ha sido el país donde hubo un florecimiento más bello del alma hebraica. Sí, sí, sí, amamos a España, Toledo, Sevilla, Granada, Córdoba... Allí vivió nuestra raza; allí fueron príncipes, poetas, banqueros... Sí, sí, sí...

Después se puso a comparar la religión judía con la cristiana, y decía:

—La religión hebraica es religión de vida; la cristiana es religión de muerte, y la católica es sólo paganismo, paganismo nada más. Sí, sí. Y nuestra religión es justicia... Nosotros no tenemos la palabra limosna; entre nosotros, dar al pobre es restituír, es hacer justicia, no es dar limosna. Entre nosotros no existe la limosna. Sí, sí, creedlo, creedlo. Sí... sí... sí...

Y seguía así con aire de inspirado, los ojos brillantes y las manos temblorosas.

Aviraneta y Riego le escuchaban. No comprendo cómo podían oír con calma las blasfemias e impertinencias de aquel miserable enemigo de la religión.

Este judío, que se llamaba Salomón Blumenkhol, tenía grandes agravios que vengar de los alemanes. Estos bárbaros, en tiempo de Federico el Grande, habían obligado a los judíos a cambiarse de apellidos y abandonar sus Levy, sus Cohen, sus Israel, y para burlarse de ellos les habían dado apellidos ridículos; así él, un Levy descendiente del rey David, se llamaba Blumenkhol (coliflor), el rabino de Francfort se llamaba Zanahoria, y otros. Patata, Ratón, Zapatilla, etc.

Los alemanes, según el señor Coliflor, odiaban a los hebreos; llegaban a poner en las tiendas letreros como éste: «No se permite la entrada de judíos ni de perros».

El señor Coliflor preguntó a Aviraneta y a Riego si eran liberales, y al saber que eran masones quiso llevarlos a su casa.