De Darmstadt, pueblo en donde paramos pocas horas, en un barrio antiguo, con calles angostas y muchos jardines con rejas a la calle, recuerdo solamente el hermoso parque del palacio ducal.

Entre Darmstadt y Francfort hay una llanura arenosa y monótona, pobre y sin vegetación.

Llegamos a Francfort por la mañana y nos alojamos en una posada llamada Cour de Paris. El mayor Witkamp, conocedor de la ciudad, nos mostró en el puente de piedra sobre el Main los agujeros de las balas y granadas, huellas de la lucha sostenida allí entre el ejército francés y el aliado después de la batalla de Leipzig.

Por las calles de Francfort se veían a cada paso oficiales rusos, austriacos y bávaros, y una nube de mujeres alegres alemanas, francesas, italianas y polacas.

Unos y otras, según el mayor Witkamp, llevaban la quintaesencia de la sífilis de Oriente y de Occidente.

Aviraneta, que tenía una gran inclinación por desacreditar todo lo que fuera autoridad, dijo que había oído que los generales del ejército aliado, que venían a imponer la Monarquía de Derecho Divino, eran más ladrones aún que los generales franceses; que se tragaban armamentos, uniformes, medicinas, como píldoras.

—Todos son iguales, sean franceses, alemanes o rusos—dijo el mayor Witkamp—. Militar y ladrón son sinónimos.

Después de comer fuimos a un café; y estábamos hablando castellano cuando se nos acercó un hombrecito, pequeño, moreno, con la nariz corva, la barba entrecana y los ojos brillantes.

—¿Son ustedes españoles?—nos preguntó.

Y al decirle que sí, se nos quedó mirando ensimismado y comenzó a hablar.