—No, no era viejo—replicó el joven—. Lo que sí era que estaba muy gordo. El pobre hombre tenía mucha conformidad. Aquí vivíamos antes de la guerra mi padre y dos hermanas. Lo pasábamos bien; pero vino la guerra y nos fastidió.

—Pues ¿qué les ocurrió a ustedes?—le preguntamos.

—Nada; a una de mis hermanas se la llevaron los austriacos, y a la otra la violaron los franceses y la dejaron embarazada y sifilítica. Mi padre, al saberlo, dijo que así estaría escrito. Cuando le dió este mal y se tendió en ese banco, lo único que le molestaba era una gotera que le caía en el cuello. Estuvo unos días delirando, hasta que murió.

—¡Qué desdicha!

—Sí; entonces un pariente mío y yo le vestimos y le pusimos los pantalones, cosa difícil, porque estaba muy hinchado. A media noche el vientre le hizo plaf, y reventó. Fué su única protesta.

El joven posadero nos siguió contando otros horrores con la misma indiferencia; pero no nos quitó las ganas de comer. ¡Tanto se animaliza uno! Bebimos después, vaso tras vaso, de los licores del mayor Witkamp; fumamos luego, y nos tendimos en el suelo.


LIBRO TERCERO
DEL RHIN AL TÁMESIS

I
EL JUDÍO DE FRANCFORT