Llegamos a una posada, llamamos, y tardaron mucho en abrirnos la puerta.
Eran las doce de la noche. Al pasar adentro encontramos dos cosacos que estaban acostados en el suelo al lado de la estufa, durmiendo tan profundamente, que ni nuestras voces ni el ruido que hicimos pudo despertarlos; parecían capuchinos por sus barbas, que les caían hasta la cintura, y tenían una cara espantosa.
Lo único que encontramos de comer en aquella posada fué un poco de cecina muy dura, que aderezamos con aceite y vinagre, y pan de centeno sumamente negro.
Mientras tomábamos esta cena, con un apetito desordenado, nos contaba el tabernero, que era un joven de unos veinte años, con una cara triste e indiferente, que en aquel pueblo había pocos vecinos, porque la mayor parte habían muerto de una epidemia reinante.
—¿Hay epidemia aquí?—le preguntamos.
—Sí, desde que pasó el ejército francés en retirada —contestó él—. Como dejó muchos enfermos en todos los pueblos de su tránsito se ha corrido el mal.
—¿Y en esta casa ha muerto alguno?—le dijo Aviraneta.
—Nada más que mi padre—contestó él—. Ahí, en ese banco donde ustedes están, murió—dijo, señalando al nuestro.
—¿Sería ya viejo?