XIII
ALEGRÍA Y HAMBRE

Después de aquella ridícula escena se hicieron bastante amigos nuestros el francés tuerto del agujero en la mejilla, llamado Braquemond, y el mayor Witkamp.

Los dos iban, como nosotros, hacia Holanda, y como llevaban el mismo camino, decidimos seguirlo juntos.

El mayor Witkamp tenía la costumbre de viajar provisto de botellas de licor del más fuerte que encontraba, y lo prodigaba sin tasa.

Bajo la influencia de los licores del mayor pasamos Heidelberg, cuyo castillo vimos cubierto de nieve; comimos abundantemente, nos metimos en la diligencia, y seguimos adelante cantando, vociferando y riendo, dentro de aquel estrecho espacio, hasta que nos quedamos todos dormidos.

No sé el tiempo que pasamos así; supongo que fué un día entero; lo que recuerdo es que desperté por la noche bostezando de hambre.

La excitación de los licores del mayor Witkamp había pasado, y todo el mundo se sentía hambriento.

Por la noche hicimos alto para comer un bocado en un pueblo muy miserable.