Ya asqueado y molesto, y viendo que el alemán sabía francés, le dije:
—Monsieur, vous etes un degoutant personnage.
El alemán se me quedó mirando asombrado, y yo repetí la frase, recalcándola:
—Je dis que vous etes un degoutant personnage.
El alemán, al oírme, se levantó, cogió un plato y me dió con él en la cabeza; yo le tiré una botella; me agarró él del brazo; yo, de la solapa; tiramos la vajilla y los cubiertos al suelo y armamos el gran estrépito.
Se mezclaron los de la mesa; el alemán se explicó en su lengua y yo conté lo ocurrido en francés. El alemán, al parecer, dijo que él no se reía de mí, y que si se sonaba con frecuencia era porque estaba acatarrado.
Había entre los comensales un francés tuerto, con un agujero de una bala en la mejilla, que parecía llegarle al cogote, y un brazo de menos.
Este francés, sin que se le encomendara misión alguna, afirmó que el alemán y yo habíamos concertado un duelo y que estaban nombrados los padrinos. El duelo se verificaría en el jardín del hotel.
Salimos al jardín el alemán y yo; Riego y Aviraneta me siguieron. El francés no se sabe de dónde sacó dos sables, y me entregó uno a mí y otro al alemán. Luego intentó ponernos frente a frente.
El alemán, que no se había enterado hasta entonces de qué se trataba, y que creía quizá que íbamos a darnos de puñetazos en el jardín, al ver lo que le proponían cogió el sable, lo tiró al suelo, lo pisoteó con furia, nos insultó a todos en su lengua y se marchó.