—Es muy posible que dentro de cien años se hable de este hombre como de un personaje eminente, y, en cambio, no se sepa quién era el fantasmón que entra ahora en Colonia en medio de aclamaciones y músicas.
Como yo creo que hay que dejar a cada loco con su tema, no contesté.
Tomamos nuestro ponche y poco después se presentó en el café un grupo de estudiantes; comenzaron a beber cerveza, y uno de ellos se subió a una mesa y entonó canciones patrióticas con un gran fuego, coreadas por tempestades de aplausos.
Nosotros nos levantamos y nos fuimos a acostar.
IV
UN PAÍS TRANQUILO
Desde Colonia hasta la entrada de Holanda pasamos Dusseldorf, Arnhem y Múnster, y de este pueblo, notable por sus anabaptistas, tomamos el camino de Zwolle, que nos dijeron era el mejor.
Ibamos en una silla de posta abierta. Hacía un frío terrible; el camino estaba cubierto de nieve y tenía no solamente agujeros y baches, sino verdaderas lagunas de más de una vara de profundidad, en parte heladas y en parte, no.
En los sitios donde el hielo se hallaba compacto, los caballos corrían por encima fácilmente; pero donde se encontraba roto y a medias fundido, se hundían las ruedas y era muy difícil salir del atranco.