—Entonces no, no quiero entrar en España.

—Dígame usted. ¿Cuál es el plan de usted? ¿Qué es lo que usted desea?

—Yo, la verdad, soy un hombre pacífico—afirmó Aviraneta—si hay esos peligros de que usted habla, prefiero quedarme aquí. En vez de visitar a mis parientes de Irún y San Sebastián, a quienes no he visto hace años, les pediré que vengan a verme. Mi plan se reduce a estar en Bayona un par de meses.

—Lo bastante para hacer la expedición que proyectan los liberales españoles—dijo el italiano con ironía.

Lacy y Ochoa sonrieron.

—No, no—exclamó Aviraneta—eso la gente moza, yo ya soy viejo para esos trotes.

—¡Hum! Quizás yo me engañe, pero no me parece usted menos peligroso que estos jóvenes; en tal caso más.

—Es usted muy amable, señor Pagani. No. Estoy cansado de verdad. ¿Y cómo arreglaremos el asunto para que yo me pueda quedar en Bayona?

—Yo lo arreglaré, y si quiere usted que no le molesten no concurra usted a los cafés, porque están muy vigilados por los agentes de los dos gobiernos y por los espías que tiene el señor de Calomarde entre los mismos liberales.

—No tenga usted cuidado. No iré a los cafés.