—Ahora vengo con él.

Aviraneta entró en su cuarto y volvió poco después con unos papeles.

—He salido de la Habana con mi pasaporte pensando ir a Madrid, pero como me he encontrado con esta agitación revolucionaria, inesperada, no me he atrevido a entrar en mi país.

—¿Usted ha tenido que ver algo en política?—preguntó el italiano mirándole por encima de sus lentes.

—Sí, en parte—murmuró Aviraneta—yo fuí miliciano como otros muchos... obligado... y tuve que emigrar en 1823, pero no me he mezclado nunca activamente en política.

El italiano contempló con desconfianza a su interlocutor, después tomando el pasaporte comenzó a leerlo despacio.

—Está bien... en regla—fué diciendo mientras leía—visado por el cónsul general francés del puerto de la Habana... falta la presentación al consulado de España en Burdeos.

—Sí, ha sido un olvido—dijo Aviraneta.

—Esta falta—repuso el italiano—le imposibilita a usted para entrar en España porque se le considerará a usted como sospechoso y en el acto se le reducirá a prisión.