—¿Y el general Mina no tiene confianza?
—Muy poca. Por lo que he podido traslucir no está contento de la organización de la empresa. Se me figura que va arrastrado por la fogosidad y la imprudencia de todos.
—Es que el general está viejo, enfermo y naturalmente es desconfiado. Ya verá usted como todo sale bien—dijo Ochoa.
—Mejor, mejor; ¡ojalá!
Aviraneta contó sus viajes, y estaba hablando de sobremesa cuando se presentó Iturri con el italiano de la subprefectura que había dado los informes de las dos damas del Chalet de las Hiedras.
El italiano era un hombrecito calvo, de unos cuarenta años, la nariz arqueada y roja, el pelo rubio y la mirada viva a través de los lentes. Vestía un traje raído y sin brillo y llevaba los pantalones con rodilleras.
El señor Pagani, así se llamaba, era al parecer, insustituíble en su oficina; sabía cuatro o cinco idiomas a la perfección, trabajaba constantemente y ganaba poco.
—Me ha explicado mi amigo Iturri su situación—dijo hablando el castellano perfectamente.—¿Qué documentos tiene usted?
—Tengo el pasaporte del capitán general de la Habana para dirigirme a Madrid—dijo Aviraneta.
—¿Quiere usted enseñármelo?