Los soldados dispararon una descarga cerrada, y Chapalangarra cayó al suelo atravesado de balazos.

Algunos de los suyos que se habían detenido esperando un resultado de la decisión del caudillo, al oir los tiros escaparon por la carretera de Valcarlos a Francia dejando en poder de las tropas de Eraso una bandera, doce mil cartuchos y una porción de fusiles y de bayonetas.

Los tercios realistas, viendo la fuga de los liberales echaron a correr tras ellos con tal ímpetu, que los liberales no intentaron resistir en ninguna parte. Unicamente los parisienses de Ventaberri soltaron algunos tiros, pero abandonando pronto las casas de Arnegui entraron en Francia. Todos hubieran sido sacrificados en territorio francés a no ser por un oficial de la gendarmería, que mandó aviso a los jefes de los tercios de que habían pasado la frontera. No hubo necesidad de desarmar a los fugitivos, porque habían tirado los fusiles en la huída.

El cadáver de Chapalangarra, abandonado en Valcarlos en medio del camino, fué mutilado por los realistas de una manera bárbara y cruel.

Este final ha tenido la empresa de Chapalangarra, final que ha llevado el desaliento a nuestra gente.

¡Pobre Chapalangarra! ¡Desdichado! ¡Iluso!—dicen todos.

Ahora me parece estar oyéndole hablar en Cambó, con su voz áspera y su mirada sombría y brillante. ¡Pobre hombre!


Quizás mañana hablen también de nosotros con lástima.