Estas tropas, salidas de Burguete, se hallaban formadas por el regimiento de Infantería 6.º de ligeros, por el batallón de Voluntarios realistas número 10 al mando del oficial D. Francisco Benito Eraso, comandante del cantón de Roncesvalles, y por una compañía de Voluntarios de Navarra.

No había tiempo de fortificar la villa. Eran, además, muchas fuerzas las que llegaban para que Chapalangarra intentara oponerse a ellas con un puñado de hombres.

No había más remedio que retirarse y volver a Francia, y esa fué la opinión de los liberales que acompañaban al jefe; pero Chapalangarra exaltado por su patriotismo y por su orgullo, creyó que una retirada tan inmediata era una vergüenza y un oprobio.

—Dejadme a mí hablarles primero—exclamó.—Son españoles y me oirán.

Y sin hacer caso de observaciones montó a caballo y avanzó al encuentro de la primera patrulla de realistas.

Estos, al verle y al oirle, quedaron inmóviles, sorprendidos y admirados.

—Navarros—gritó el caudillo con voz sonora.—Yo soy de Pablo, Chapalangarra; vuestro amigo, vuestro paisano. Vengo a sacar a la patria de la ignominia en que se encuentra. Gritad conmigo: ¡Viva España! ¡Viva la libertad!

Los realistas verdaderamente absortos no salían de su admiración al ver a aquel loco que se les presentaba indefenso, cuando el teniente del sexto de Ligeros, D. Pedro Roca, volviéndose a sus soldados dijo:

—Voluntarios... Apunten... ¡Fuego!