—Aquí está Mina—le dijo.—Le he avisado para que hable con usted.
Aviraneta y Aguado subieron la estrecha escalera de la casa, iluminándose con un cabo de vela, y entraron en un cuarto diminuto, con un armario lleno de papeles. Sentado a la mesa, a la luz melancólica de un pequeño quinqué de petróleo estaba el general don Francisco Espoz y Mina.
El general se levantó con trabajo y estrechó la mano de Aviraneta. Aguado cerró la puerta del cuarto y los tres hombres se sentaron. Estaba el caudillo de la guerra de la Independencia avejentado y con aspecto de enfermo; tenía el pelo y las patillas blancas y las mejillas hundidas; llevaba una chaqueta de tela gruesa, un pañuelo de lana en el cuello y un capote sobre los hombros.
—Yo recuerdo haberle visto a usted...—dijo Mina dirigiéndose a Aviraneta con un hablar inseguro y algo vacilante—si... recuerdo, hará ya quince años... cuando la conspiración de Renovales creo que era ¿no?... sí cuando la conspiración de Renovales. Entonces debía usted ser muy joven.
—Tenía veintitrés años.
—¿Y qué ha hecho usted desde esa época?
—¡Oh, tantas cosas! que ya no me acuerdo.
Aviraneta contó rápidamente cómo había sido ayudante del Empecinado, su viaje a Egipto y a Grecia, y después su estancia en Méjico.
—Ultimamente he hecho la expedición a Tampico con el brigadier Barradas—terminó diciendo—y por la defensa de este pueblo el general Vives ha pedido al Gobierno la confirmación del empleo de Comisario ordenador de Guerra. En este momento, cuando iba a tomar posesión del cargo, llegó a la Habana la noticia de la Revolución de Julio de París, y a mí me avisaron por la Venta Carbonaria lo que se intentaba. Esto me movió a presentarme al capitán general y a manifestarle francamente mis deseos. Vives, que es amigo mío, intentó disuadirme, pero viendo que era imposible me dió el pasaporte para España.