Aviraneta lo mostró a Mina, quien lo leyó despacio y después dijo:
—¿Y ahora qué piensa usted hacer?
—Me uniré a ustedes.
—El caso es—murmuró Mina—que yo no voy a poder darle a usted cargo alguno en esta expedición... es tarde... cada cargo es una nueva fuente de riñas y de rivalidades... sí; es verdad...; no hablo por hablar, no... no sabe usted cómo están los míos, los que llaman ministas, con los valdesistas y los gurreistas... yo quisiera... pero no puedo... cada jefe quiere tener su partido y así no vamos a ninguna parte.
—Si no tengo cargo oficial trabajaré independientemente.
—¿Usted puede entrar en España, Aviraneta?
—Estoy pregonado por el corregidor de Roa en la causa del Empecinado, pero supongo que ese proceso estará ya sobreseído.
—¿Tiene usted parientes en España?
—Sí.