—¿En dónde?

—Aquí en el Norte, en San Sebastián y en Irún.

—Pues entonces podrá usted pasar. Si usted quiere, yo haré que le firmen el pasaporte.

—No; de ir, iré sin pasaporte. Conozco el país y tengo amistades en la frontera. Diga usted, mi general, sus intenciones y sus planes; yo, conociéndolos, veré qué es lo que puedo hacer.

—Está bien. Habla usted con franqueza..., y a pesar de que yo tengo fama de zorro le hablaré a usted con la misma claridad. No tengo interés en engañarle.

—Ni yo tampoco a usted, general.

—Lo comprendo. Bien, no le diga usted esto a nadie... esto que le voy a decir... La gente lo sospecha... pero yo no quiero confesarlo...: voy arrastrado a una expedición en la que no creo... que me parece imposible pueda tener éxito...; usted me dirá ¿por qué he entrado en ella?... Por los amigos...; me decían que yo, como más viejo..., con más representación... quizás pudiera ordenar el movimiento... No se ha podido hacer nada...; mis informes me hacen creer que hay traidores en nuestro campo, que el Gobierno está advertido... y que vamos al fracaso.

—¿Y no se puede aplazar esto?—preguntó Aviraneta.

—No. Ya me echan la culpa a mí de las dilaciones...; el general Gerard me recomendó que esperase...; creí que haría algo por nosotros, y nada... ahora si no marcho todo el mundo dirá que yo he entorpecido la expedición... que soy un traidor..., y voy a marchar... Si usted hubiese venido... antes... cuando organizábamos nuestras tropas... le hubiera nombrado jefe de una de ellas, pero esto está constituído... mal constituído... pero ¿qué se va a hacer?

-Ah. Nada. De eso no hay que hablar.