—Si usted hubiese venido antes, Aviraneta, yo le hubiese encomendado un trabajo comprometido... y peligroso.
—¿Cuál?
Mina se detuvo, palideció y murmuró llevándose la mano al costado.
—Estos días de otoño... las heridas... me duelen...; dígale usted, Aguado, cuál era nuestro proyecto.
—La idea del general—dijo Aguado—era no emprender esta expedición sin tener un apoyo en la península. Hubiésemos querido contar con San Sebastián y con Santoña antes de comenzar el movimiento en la frontera. Las dos plazas son fuertes e importantes. Con San Sebastián y Pasajes tendríamos la defensa de la costa y el paso abierto a la frontera; con Santoña podíamos defender la parte de Santander, tener abierto el camino de Burgos hacia Madrid y marchando mal defendernos de las tropas que vinieran de Vizcaya en el portillo de Gibaja y en la barca de Treto, y de los que llegasen de Burgos o de Asturias en la línea de Torrelavega.
—¿Y por qué no han intentado ustedes eso?
—Amigo Aviraneta—dijo Mina, ya un tanto aliviado del dolor,—nadie ha estudiado con calma nuestros proyectos... Todo el mundo cree que basta presentarse en la frontera... echar un discurso... para que el pueblo venga con nosotros...
—¿Y no dieron ustedes, mi general, algunos pasos?—preguntó Aviraneta.
—Sí; yo había escrito a algunos amigos de San Sebastián... diciéndoles que esperaran órdenes.
—¿Tiene usted allí amigos de confianza?