—Sí. Legarda, Amilibia, Baroja... y sobre todo Lorenzo Alzate.
—Alzate es primo mío. ¿Y cree usted, mi general, que ya no se puede hacer tentativa alguna en ese sentido?
—Eso creo.
—Yo volveré de nuevo a estudiar la cuestión y hablaré con usted.
—¿Ah, bien... muy bien!... ¿Qué, nos vamos?
—Sí—dijo Aguado.—Encienda usted la vela, Aviraneta.
Den Eugenio encendió una pajuela y luego el cabo de vela, y Aguado apagó el quinqué.
Aviraneta tomó el candelero, y Mina, apoyado del brazo de Aguado, bajó las escaleras y montó en un cochecito que había en la calle esperándole. Aguado y Aviraneta marcharon a Bayona por el puente.