III.
CONVERSACIÓN CON AGUADO
Estaba lloviendo; ni Aguado ni Aviraneta tenían ganas de entrar en sus casas, y se metieron en los soportales del Puente Nuevo.
—¿Qué le ha parecido a usted, Mina?—le preguntó Aguado.
—Sencillo, atento. Me lo figuraba así—dijo Aviraneta.—¿La opinión íntima acerca de la expedición que se proyecta es la que ha expuesto?
—Sí.
—¿No hay alguna cosa que nos haya callado?
—No. Es decir, no ha insistido en las diferencias que hay entre nosotros.
—¿Y cómo no se ha zafado de esta empresa, en la que tiene tan poca confianza?
—Esta pregunta me demuestra que lleva usted lejos de nosotros mucho tiempo—dijo Aguado.—Usted le ha conocido a Mina cuando era un general liberal, uno de tantos; hoy es el mayor prestigio del liberalismo activo y no se puede zafar de una empresa así como en tiempo de Renovales. Mina viene arrastrado. A raíz de la Revolución de 1830, Mina se encontraba en los baños de Bath. Se le escribió contándole con detalles las jornadas de Julio. Los emigrados que habían acudido a París creían que aquella era la ocasión propicia para emprender un movimiento favorable, con la ayuda de los liberales franceses y del Gobierno de Luis Felipe.