—Y lo era, sin duda.

—Mina—siguió diciendo Aguado—se trasladó a París, conferenció con los emigrados españoles y quedó de acuerdo con ellos en hacer una intentona en la frontera, con ciertas condiciones. Decidido esto, Mina tuvo una conferencia secreta con el ministro de la Guerra, general Gerard.

—Y Gerard ¿qué dijo?

—Gerard recibió muy bien al guerrillero español, y le dijo que preparase su expedición a la chita callando. Mina fué también en compañía de Toreno a visitar al general Lafayette, pero no le pudo ver. Mina quería formar una falanje con los prestigios del liberalismo internacional y lanzarla sobre la frontera española.

—Era una magnífica idea.

—Y era lo que habían prometido todos. Ya que los franceses habían acabado con la libertad en España en 1823, justo era que intentaran restablecerla cuando pudieran. Sin embargo, no han hecho nada.

—No me choca. El francés siempre ha sido egoísta y roñoso para los demás.

—Mina quería el mando único, y tenía razón, porque lo que se intenta no es una revolución, sino un movimiento militar. La revolución, en tal caso vendrá después. Al mismo tiempo que Mina hacía sus trabajos, un grupo de impacientes que querían obrar con independencia se puso de acuerdo con Calvo y con Ardouin el banquero, que tenían hechos empréstitos a España desde la primera época constitucional, y los banqueros ofrecieron su concurso. Llamaron a Mendizábal y le dieron fondos para los primeros trabajos, y decidieron entre todos nombrar la Junta sin consultar con Mina.

—Siempre la divergencia y los celos—murmuró Aviraneta.