—El Directorio provisional del levantamiento de España contra la tiranía se formó en París y se trasladó en seguida a Bayona. Desde aquí escribió a Mina preguntándole si se podría contar con él. Era en el fondo una impertinencia. Mina, un poco molesto, contestó que sí y en la segunda semana del mes de Septiembre se presentó en Bayona. El 22 de este mes se verificó la primera Junta del Directorio provisional, y al día siguiente Mina, violentándose un poco, manifestó públicamente su adhesión a ella. Desde el primer momento comenzaron las rencillas y las diferencias.

—¿Por qué?

—Los partidarios de Torrijos y los militares independientes veían que allí donde estuviera Mina naturalmente tenía que ser la figura principal, cosa que no les agradaba.

—¿Pero hay algún motivo nuevo de odio?

—Ninguno. Las causas de esto son muchas y antiguas; pero la más principal no es ideológica, sino de temperamento. Mina es un vasco como usted, maquiavélico, de palabra confusa y enmarañada, pero por dentro, claro, lucido y calculador. Sus enemigos Torrijos, Valdés, Alcalá Galiano, San Miguel, López Baños y otros muchos son castellanos, andaluces, asturianos, más fáciles de palabra, más conceptuosos, más retóricos...

—Por una cosa o por otra, los españoles siempre estamos así—dijo Aviraneta con amargura.—Empiezo a sentir el haber venido. Allí, al menos, en Cuba tenía asegurada mi existencia.

—Sí, será verdad; pero no se puede vivir más que en el propio país; lo demás es vegetar, llevar una vida mísera y disminuída.

—En eso tiene usted razón. Lo que yo no comprendo bien es por qué si Mina no tiene defectos no se le unen los demás.

—Es que los tiene. Uno de los defectos del general, que a veces es un medio de defensa, es la desconfianza excesiva; otro es su tendencia burocrática y reglamentaria. Mina, que ha conspirado desde la primera emigración, está siempre en guardia con cualquiera que se le acerque; en cambio, Torrijos y Valdés son más efusivos y, al parecer, más francos. Mina trata a sus enemigos por el silencio, no habla de ellos; cosa que irrita; en cambio sus enemigos le intentan desacreditar. Se ha llegado a decir que Mina tiene miedo. Los partidarios de Valdés y de los otros echaron a volar esta especie, y un señor Chevallon, un francés majadero que venía con unos miles de francos de la Junta de París, ha llegado a decírselo cara a cara a Mina.

—¿Y Mina no le contestó con un puntapié?