—No, porque el general es hombre que se lo guarda todo. Los enemigos han inventado otra porción de calumnias estúpidas.

—¿Y esto influye algo en la opinión?

—Nada. En España no se cree más que en el general.

—¿Y cómo no mandan ustedes agentes a España para saber qué hacen allí?

—Los mandamos. Ahora tenemos algunos italianos carbonarios esparcidos aquí por el Norte, gente activa; tenemos a José Monti, napolitano, comerciante que vive en Vitoria y va a veces a Pamplona; a Pedro Galloti en San Sebastián, que se sirve para sus informes de los quincalleros paisanos suyos; a un tal Arrigoni, que ha ido a Santander, y a un D. Juan Rumi en Gibraltar. Estábamos comenzando la organización. Este movimiento quizás eche a abajo lo que habíamos preparado y tengamos que comenzar de nuevo.

—De todo esto se deduce que hay muy pocas probabilidades de éxito—dijo Aviraneta.

—Sí; tal creo yo también.

—A pesar de esto—repuso Aviraneta—yo le voy a hablar a Campillo. Si él quiere intentar algo en Santander, donde debe tener amigos, yo iré a San Sebastián.

—Bueno—dijo Aguado;—ténganos usted al corriente de lo que haya.