Vendía medallas, rosarios, escapularios y otras chucherías místico-religiosas bendecidas por el Papa y traídas de Jerusalén. Pardies llevó a su compañero a los distintos comercios del pueblo y estuvo un momento con él en el Bazar de París.
La Diosa Razón del Bazar, como sus nietas, recibían siempre muy amablemente a Pardies y reían sus gracias.
—¿Cómo se llama su compañero de usted?—preguntó Martina, una de las señoritas de La Bastide, a Pardies.
—Se va usted a reir—dijo el comisionista.
—¿Por qué? ¿Es un nombre tan raro?
—Es un nombre raro para él. Se llama Rohan. Luis de Rohan. Es descendiente del príncipe de Rohan.
—¿De verdad?—preguntó, extrañada, Simona.
—Sí, sí.
El señor de Rohan era alto, cano, afeitado, muy humilde, muy místico. Tendría unos cincuenta años, el pelo blanco, la cara roja, con un sarpullido blanquecino. Solía andar con un gabancito raído, una bufanda de lana y un sombrero de copa, metido hasta las orejas. Cuando marchaba de prisa, cortando el viento con su nariz afilada y roja y sus brazos largos, cojeando un poco, parecía un galgo a quien le hubiesen pegado una pedrada en una pata.